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En medio del debate parlamentario, médico con más de 400 eutanasias en su carrera, describe paso a paso el proceso de la muerte

por Karina Caputi

El doctor colombiano Gustavo Quintana, expone a nivel internacional en defensa de la eutanasia y explica sus fundamentos

Pese a que en Uruguay, la eutanasia es ilegal,  la Ley N.º 18.473 del Código Penal,​ también conocida como la ley de “voluntad anticipada” o “ley del buen morir”, regula la libertad de un paciente para rechazar un tratamiento, incluidos los cuidados paliativos en caso de enfermedad terminal, incurable e irreversible. La ley ya había sido llevada al parlamento en el año 2009, siendo sancionada por la cámara de diputados. El proyecto reingresó a las salas parlamentarias en el 2013, siendo esta vez aprobada bajo condiciones y reglamentación específica detallada en la ley.

Aunque la mayoría de los uruguayos (58%) está a favor de que se legalice la eutanasia, muchos creen que la ley está mal formulada. Uno de estos aspectos, es por ejemplo, que la mayoría de los encuestados argumenta que un paciente en estado vegetativo no entra en el concepto de la ley. Por su parte, la Iglesia católica se opuso a la Ley, de forma similar a la del aborto, años antes.

Como se recordará, el 11 de marzo de 2020, el senador del Partido Colorado, Ope Pasquet, presentó un proyecto de ley en busca de legalizar la eutanasia y el suicidio asistido. Poco tiempo más tarde, a comienzos de mayo, la Comisión de Bioética y Derechos Humanos del Sindicato Médico del Uruguay encargó una encuesta a Equipos Consultores para sondear en la población la opinión respecto a la eutanasia y el suicidio asistido. En junio del mismo año fueron publicados por el SMU​, arrojando que el 82% de los uruguayos mayores de 18 años están a favor de la eutanasia, y un 62% de acuerdo con el suicidio asistido.

El proyecto de ley se encuentra en pleno debate parlamentario con posiciones encontradas.

Pero ¿en qué consiste el eutanasia? El Dr. Quintana, conocido en su país, Colombia, como “El Dr. Muerte” lleva 30 años realizando este tipo de procedimientos en pacientes desahuciados y explica paso a paso las instancias previas a la muerte.

Hubo  dos episodios en la vida de este profesional que lo llevaron a inclinarse por este mecanismo. El primero de ellos sucedió hace más de 35 años, cuando, siendo muy joven, participaba de un Congreso médico. En determinado momento, mientras se trasladaba de un hospedaje a otro, un animal se le cruzó en la carretera al cual no pudo evitar impactar. El Dr. Quintana perdió el conocimiento y lo recobró mientras era traslado hacia el Hospital de Girardot. Quintana señala que “en ese trayecto comencé a darme cuenta que no sentía mis piernas e inmediatamente pensé que probablemente tenía una lesión en la médula espinal. Comencé a reflexionar sobre mi vida hasta entonces, y ante la perspectiva de quedar postrado en una cama, después de unos 15 minutos de analizarlo todo, le dije al colega que me llevaba, con lágrimas en los ojos, ‘mira, si tengo una lesión en mi médula, por favor no me hagas nada, déjame terminar’. Es decir, no podía considerar el resto de mi vida en una cama. Hoy en día sí, si fuera cuadriplégico continuaría viviendo porque creo que necesito dejar un mensaje, humanístico acerca de la eutanasia. Y ese poder disponer ese día de mi propia vida me puso a pensar que era el dueño de mi vida y podía por lo menos definir el criterio acerca de querer continuar viviendo o no”.

El Dr, Gustavo Quintana lleva desde entonces, más de 400 eutanasias practicadas, y según indica “el número de casos me permite poder estar más próximo con el proceso dado que eso coloca mi corazón muy cerca del dolor de mi paciente y  es lo vital para tomar una decisión de estas características.

A modo de ejemplo, el médico relata el caso de una paciente diagnosticada con cáncer cerebral, tratado por más de cuatro años hasta que finalmente había perdido todas sus condiciones, sobre todo motrices y tuvo que confinarse a la cama a esperar su muerte. “La estaban tratando con potentes analgésicos, entre ellos la morfina; pero últimamente, digamos los últimos tres meses no le hacía efecto ni siquiera este. La persona comenzó a perder mucho peso, la morfina le quitaba el apetito y entonces ella, entendiendo que no le quedaban alternativas, ni de radioterapia, quimioterapia, cirugías o medicinas, entendió que no era justo continuar sufriendo y sobre todo, no era justo el dolor de la familia que la veía sufrir. Era una paciente totalmente consciente entonces hablé con ella y sus allegados y le expliqué el método que iba a emplear.  Es un método muy sencillo que no tarda más de 10 minutos; le tomo una vena y a través de esa vena le voy a colocar un suero. Cuando tiene colocado el suero, voy a inyectar inicialmente un anestésico que es de uso intravenoso, pero le aplico una dosis doble. Al cabo de cuatro minutos, ella está en una muy profunda anestesia; entonces aplico un segundo medicamento que es un despolarizador cardíaco. Esto lo que hace es detener el corazón. No habrá infarto, no habrá dolor. Al detenerse el latido cardiaco deja de enviar la sangre que se oxigene en el pulmón y todo el metabolismo de su cuerpo va a consumir el oxígeno disponible, más o menos entre dos minutos y medio y tres minutos. Una vez que cesa la presencia de oxígeno en su sangre, se inicia la detención de todos sus procesos metabólicos vitales y el paciente fallece” explica.

El Dr. Quintana dice que preferiría salvar vidas pero no nació con ese Don Divino. “Debo confesar que lo que habría deseado es poder hacer milagros, llegar a las camas de mis pacientes terminales y decirles “levántate y anda”, pero resulta que yo no tengo esas facultades, a mí, lo único que mi sensibilidad me permite entender, es que queriendo a mi paciente, amando a mi paciente, me puedo meter en sus zapatos y tratar de entender realmente cuál es el dolor que él tiene. Yo parto de la base que personalmente he tenido una vida, diría que plena, a pesar de todas las dificultades que he tenido, y precisamente soy un enamorado de la vida, pero justamente, cuando las expectativas que uno tiene, se le cierran por completo cuando se les dice ‘tú eres un enfermo terminal’; no queda sino esperar el final. Entonces yo he tenido que, de alguna forma asumir el papel de Caronte, el de la Divina Comedia, donde llegaban los muertos y los pasaba de un lugar a otro, los dejaba en la eternidad pero él se regresaba. Diría que no es un papel que pudiera hacerlo mejor, pero alguien tiene que hacerlo”.

Consultado acerca de lo que siente al momento de practicar la eutanasia, el Dr. Quintana indica que “los sentimientos que experimento en ese momento son básicamente amor, solidaridad y empatía; acompañar a esa persona en ese momento; tomar su mano y juntos, de la mano, dar ese paso final que significa para el paciente, su partida”.

Otro de los temas que lo movilizó y fue determinante para que resolviera defender la eutanasia, sucedió como consecuencia de una persona muy querida y que vio deteriorarse de forma brutal ante sus ojos. “Era una persona muy amiga, de 59 años de edad. Tuvo un cáncer cerebral, fue al instituto neurológico, le intervinieron este cáncer y al parecer habían erradicado la enfermedad. Posteriormente, 3 años y medio después, volvió a experimentar síntomas de pérdida del equilibrio u olvidaba muchas cosas, por lo que posiblemente había reaparecido su cáncer. La examinaron de nuevo y  la mala noticia fue que el avance del cáncer estaba infiltrando partes de su cerebro, por lo que, si la operaban, quedaría muerta en la cirugía. Entonces le explicaron que era inoperable y que el único escenario que le quedaba era esperar la evolución de esta enfermedad en la cual iba a perder facultades no solamente físicas sino mentales. Después de unos seis meses de transcurrido esto, fui  a visitarla, subí a su cuarto y encontré un esqueleto humano, con una sonda nasogástrica y oxigeno; acurrucada como un feto dentro del útero; y las personas que amaban a esta señora subían a visitarla; entonces me dije, cómo es posible que se de este espectáculo de una mujer que siempre se sintió absolutamente orgullosa de su belleza. La conclusión que yo tuve fue que si esa mujer me pudiera hablar sabría que yo no permitiría que se ofendiera su dignidad en la posición y la situación que se encontraba. Hablé con su hija y le dije que lo necesario en ese caso era aplicarle la eutanasia. Yo no podía obtener de ella ninguna respuesta pero sabía que si hubiera podido hablar, lo primero me habría dicho sería por favor no permitas que esto se continúe”.

En lo que respecta a las voluntades, el médico indica que “generalmente debe ser el paciente quien exprese esa voluntad, pero entiendo que hay pacientes que han perdido su capacidad mental, ya sea por un derrame cerebral o por un accidente. En esas personas, se podría confirmar que ya no tienen posibilidad alguna de recuperar de nuevo conciencia. En sí, se podría, por parte de las autoridades, regular de tal forma que cuando se pueda evidenciar que una persona no puede recuperar jamás su posibilidad de reconocerse y saber quién es,  ya estaríamos frente a un cadáver. Si se buscara en una enciclopedia una definición de vida humana, no la vas a encontrar. Yo, humildemente he expuesto mi hipótesis; existe  vida humana en un cuerpo en el cual nuestro sistema neurológico me permite reconocerme y una vez que lo hago y se quién soy puedo establecer relaciones con los demás miembros de mi misma especie. Por lo tanto, cuando una persona pierde completamente su capacidad mental en forma irrecuperable, estamos, en mi opinión frente a un cadáver y en lugar de mantener cuidados con estas personas deberíamos destinar esos fondos a comprar las incubadoras con que le diéramos la posibilidad de tener vida a los recién nacidos” finaliza el Dr. Gustavo Quintana.

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