Diario El Este

Inicio Opinión Movimiento Infradecadente

Movimiento Infradecadente

por Diario El Este

Nuestra columna es un bostezo a la hiperactividad informativa, un espacio de acercamiento al arte a través de propuestas semanales que inviten al lector a conectar con la amplitud y reflexión creativa.

Seguinos @movimientoinfradecadente

Señor Fulano Doble Apellido:

Escritora: Miliana Cifuentes @milashkw

No quiero que sepa quién soy, no creo saberlo yo mismo.  Si pregunta por ahí tampoco dará con mi identidad, y si la llega a encontrar sería generoso de su parte que la comparta conmigo.

A secas: usté no sabe, pero soy uno de los tantos desgraciados que se gasta la vida en una de las fábricas que le llenan los bolsillos. Además de eso, aunque a esta altura no le importe, me dedico a otras changas que me ocupan el día pero no me alcanzan para llegar a fin de mes. ¿Sabe usté lo que significa no llegar a fin de mes? ¿Conoce la historia del coronel que raspaba el frasco de café?

Antes de que siga quiero avisarle que estoy escribiendo estas cosas medio a oscuras y en el apuro del enojo, así que espero entienda la letra toda torcida y las faltas de ortografía, en caso de que sepa percibirlas. Aunque no use traje y corbata sé distinguir sujeto de predicado y me leí unas cuantas cositas más que algunos de esos imberbes que me miran por encima del hombro y ganan el triple que yo por calentar el tuje en un banco.

Pero no es pa defenderme que le escribo, sino pa contarle otras cosas que usté no sabe todavía.

Me arde la cara, tengo el cuerpo seco, sucio, y me traspiran las manos; de rabia, de ansiedad. Hoy perdí dos ómnibus seguidos mientras iba a encadenar la bicicleta para agarrarla en el retorno y poder llegar en hora al otro trabajo. Ya me paró la señora delicada del escritorio de la entrada pa avisarme que este mes me van a descontar un porcentaje de la quincena por la cantidad de llegadas tarde. “Ando caminando y vivo muy lejos, no es algo que yo elija” le expliqué. A ella le importó un carajo. Así son ustedes, los que llegan a trabajar con olor a limpieza y pulcritud, cambiando la pisada de la alfombra acolchada de la 4×4 a las baldosas inmaculadas de la oficina climatizada.

Nosotros los nadies andamos con los pantalones rotos porque no nos alcanza ni para darnos el gusto de comprarnos unos nuevos. Le ponemos cuerpo a otra realidad que ni siquiera se imaginan. A la máquina plateada esa que habla y rastrea y que registra los ingresos no le importa -como tampoco a ustedes- si nos agarró una jauría de perros en el camino, si se nos pinchó la bici, si el chofer del ómnibus tuvo una hemorragia cerebral en la mitad de la ruta o si nos ensopó el temporal en la mitad del camino.

Cada vez más robotizados, metidos en una picadora de carne que nos mastica y nos escupe molidos y encorvados.

Tengo los pies hinchados, las manos negras de hollín y de hastío. Y no tengo palabras para explicarle cómo se sienten las piernas después de andar a las corridas de un lugar a otro. Persiguiendo un sueldo que da para ir tirando apenas.

No sé para qué le escribo esto. Para descargar la rabia de la desposesión, para contagiarle una porción del dolor infrahumano del multiempleo. Quizá para enturbiar un ratito su ambiente cálido y confortable con un poco del olor y el cansancio que se respira en un bus que va repleto, con un hedor a sobaco de futbolista que me marea y con la radio a todo lo que da. Hay un lugar en el infierno en el que la gente va así, como si fuera ganado rumbo al matadero, y de telón de fondo suena Petinatti y los gritos de alguna vieja enojada.

Le cuento un poco más, téngame paciencia que esto sigue pero ya no me queda mucho espacio en la hoja. Ahora mismo tengo las patas heladas. La calle está desolada. Para peor ando con un zapato agujereao y me entra el chiflón. La calle está desolada y se está poniendo oscuro.

Los focos de luz en este barrio están colocados como si fueran un chiste que perdió la gracia hace años, no alumbran ni una puteada, a lo mejor están a propósito, como otro signo del abandono y la apatía de este rincón de la ciudad. Hace un frío cojudo, ¿le dije? ¿Ha sentido usté ese frío que le cala hasta el pecho y le corta la respiración? Ese que anuncia un resfrío, una gripe, una congestión. ¿Ha estado enfermo alguna vez de algo que no sea desidia?

No ando buscándome una peste, estoy matando el tiempo y el odio mientras anoto estas cosas. No debe ni conocer por estos lados, a estas villas no entran sus vehículos de alta gama, ¿nocierto? Pero le cuento que es fiero el barrio. No es la primera vez que me toca venir hasta acá, pero cada vez que caigo me parece otro lugar, como si las calles fueran sacadas de un cuaderno que alguien está escribiendo y va borrando y modificando. Le prometo que no estoy drogado, hay que andar despierto para meterse en este berenjenal. Pero soy un tipo con imaginación, avivao, observador. ¿Me entiende lo que le quiero decir? No como los giles esos que le operan las máquinas, le llevan el cafecito a la oficina y le dan apretones de manos.

No le voy a dar la tranquilidad de mi renuncia, patrón. No es para eso este mamarracho que le mando. Lo vengo pensando hace días ya, tengo la cabeza masticada y se lo quiero confesar a usté, pa que sepa: voy a ser la oveja que le descarríe el rebaño, ¿me entiende? La pesadilla que lo visite en sus noches de comodidad mientras duerme en su sommier último modelo. El bicho cansado que lo vigile de vez en cuando y le lleve la sospecha de que un nadie, como yo, lo conoce y anda al acecho.

Fotografía: Lucía Blánquez @lublanquez

“Bajo la alfombra del mundo moderno soy la lágrima oculta, los pies sin medias y las tripas desiertas”.

Nadia Sención

RECOMENDADO DE LA SEMANA

Bárbara Castro @escola_de_literatura

Libro

La campana de cristal, de Sylvia Plath.

Inspirada en los hechos biográficos del verano de 1952, La campana de cristal, única novela de Sylvia Plath, fue publicada en 1963, semanas antes de la muerte de la autora, con tan solo treinta años.

La metáfora que titula la obra tiene conexión directa con el aire que marca la segunda generación del feminismo, comenzando con la llegada de la pastilla contraceptiva y ganando un espacio literario notorio con la personificación del ahogo patriarcal en la figura de Esther Greenwood.

Aunque el lenguaje sea muy accesible a todos los tipos de lectores, y la narración sea atrapante como pocas obras lo saben ser, la trama camina a un descenso voraz a la difícil y cruel realidad de personas que sufren con enfermedades mentales, la ignorancia de la ciencia y el martillo social, que no da privilegios sin moldar comportamientos.

El calor, la belleza y el poder de los años cincuenta en New York, con la alienación del American way of life, coquetean a todo instante con eventos traumáticos y temas que nos dejan un gusto amargo al final de la lectura.

Aunque la obra no sea indicada a todos, por su poder disparador de identificación emocional, el arte escurre de cada línea, con su mirada aguda de la vida, mezclando narradora y autora, formando lectores y seguramente marcando un antes y un después en nuestras vidas literarias.

“Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.”

1 Comentario

Anónimo 13 de septiembre de 2021 - 17:51

Infradecadentes,…..siempre los leo, me gusta la onda que tienen, aunque a veces se les va un poco la moto……!
Grace

Los comentarios están cerrados.

Publicaciones relacionadas