Diario El Este

Inicio Opinión Movimiento Infradecadente

Movimiento Infradecadente

por Diario El Este

Nuestra columna es un bostezo a la hiperactividad informativa, un espacio de acercamiento al arte a través de propuestas semanales que inviten al lector a conectar con la amplitud y reflexión creativa.

Seguinos @movimientoinfradecadente

IDILIO

Por: Romina Schmidt @thegirlwhocriedwolf17

El aire siempre se sentía cargado de algo especial. Una sensación de historias tan viejas como el tiempo, contadas un millón de veces por cientos de personas; como también relatos nuevos, esperando encontrar a su lector, quien los vuelva realidad de alguna forma.

Recorrer los pasillos de la librería, entre los enormes estantes repletos, siempre me generaba esa calidez por dentro, de sentirme en un lugar seguro, donde podía jugar a ser quien quisiera. El aroma era una mezcla de tinta, algo más natural como las hierbas, algo dulce como la vainilla y algo más ácido como el moho. Años acumulados, momentos preservados entre hojas blancas y amarillentas.

Me encontraba descansando contra la madera, ojeando un libro en la sección de fantasía, cuando captaron mi atención. Pasando al pasillo contrario, en el sector de romance, un chico, probablemente de mi edad, se encontraba revisando los estantes, seguramente buscando un título en específico, concentrado en lo que leía, con su cabeza inclinada hacia un lado.

Su cabello era una maraña de rizos del color del cobre, que rebotaban delicadamente cada vez que hacía un movimiento, por más ínfimo que fuera. Sus brazos, estirados hacia arriba mientras recorrían los diversos lomos, se marcaban bajo la ajustada polera negra que llevaba puesta, aunque sus manos se notaban gráciles en su recorrido.

Tenía que ser un pianista… Tal vez era una locura, probablemente no lo fuera, tal vez me había equivocado de instrumento o no tocaba ninguno en absoluto. Pero recordaba haber observado las manos de un pianista como el ritual más hermoso del mundo, con la delicadeza y agilidad necesaria, sin importar si era una mano enorme y tosca, o una pequeña, que debía moverse con más rapidez para alcanzar las diferentes teclas a tiempo. El recuerdo se había desbloqueado en mi cabeza y yo no podía mover mis ojos.

Cuando finalmente encontró lo que estaba buscando, lentamente deslizó su cuerpo hasta el piso, quedando sentado como indio, con su espalda apoyada contra la estantería. Desde aquí no podía descifrar el título de la obra que sostenía, pero me gustaba creer que era algún romance imposible, con mucho drama de por medio, probablemente de algún siglo pasado. Mientras yo buscaba escapar de la realidad para encontrarme en mundos inexistentes, él estaría viajando en el tiempo buscando una diferente aventura.

Sus ojos eran rasgados, y se movían con rapidez sobre las páginas, devorando las palabras con ansiedad. Su boca se abría y cerraba inconscientemente, haciendo algunas muecas de vez en cuando. ¿Quién estaba arrancándole una sonrisa y por qué no podía ser yo? El sonido de su risa era tan cálido como un día de verano, que generaba la sensación de que no era suficiente, de que nunca lo sería.

En cuestión de segundos, la realidad derribó mi puerta como una avalancha. Una chica apareció a su lado como por arte de magia, sacudiendo su larga y oscura cabellera tan naturalmente que pareciera que había una innatural brisa de viento sólo para ella. Se agachó a su altura y le dio un beso en la mejilla. Yo podía sentir como las mías se tornaban de un color rosado.

Aparté mi mirada de la nueva escena, encontrando finalmente el control sobre mi cuerpo. Me di cuenta entonces que había dejado caer el libro que antes me encontraba leyendo, parado ahora en el medio del pasillo. Tenía que dejar de soñar con los ojos abiertos…

Fotografía: Carolina Bernachea @carolinabernachea

“La Literatura quiere inventar la lengua, pero nunca ahorra la necesidad de borrar la existencia” Bárbara Castro @escola_de_literatura

RECOMENDADO DE LA SEMANA

Eugenia Sánchez Acosta @euge_delin

Libro

Brujas, de Brenda Lozano. Editorial Alfaguara (2020)

La muerte de Paloma, que antes se llamaba Gaspar, conmociona al pueblo de San

Felipe. Paloma, antes de ser Paloma, era curandero, oficio heredado por la línea masculina de su familia. Cuando decidió romper las tradiciones y asumir su identidad, cambió su oficio por salir a vivir la noche amando a los hombres. Pero antes enseñó todo cuanto sabía a Feliciana, ya mayor, que también era capaz de un gran don pero, por ser mujer, nunca lo había explotado. Ahora Feliciana es una mujer conocida alrededor del mundo, una mujer sabia y generosa, que cura a través de El Lenguaje.

Es el asesinato de Paloma lo que atrae a Zoé, periodista, que viaja a San Felipe y conoce a Feliciana, y juntas tejen el relato que conforma esta novela, alternando sus voces mediante las cuales hablan otras mujeres, otras historias, historias que son tanto alegrías como heridas del cuerpo y del alma.

Lo que más disfruté es como se narra la historia, cómo queda clara la importancia y el valor del lenguaje, que en el relato de Zoé es ordenado y formal mientras que cuando toma la palabra Feliciana el relato oral de su pueblo es transcrito con mucha fluidez y encanto, y es ahí donde Brenda Lozano alcanza las más altas cotas de lirismo. El colorido del lenguaje, la forma en que es capaz de desentrañarlo todo, de contarlo todo, hace comprensible que sea el nombre que recibe el don de Feliciana para curar el cuerpo y el alma de las personas. Me encantaron los personajes, Feliciana y Zoé, dos mujeres muy diferentes, que provienen de ambientes radicalmente distintos, Leonora, que es una sorpresa continua, Paloma que se mantiene fiel a sí misma siempre. En «Brujas» hay mujeres que buscan y abrazan su identidad, y que por ello deben vivir la violencia, las burlas, el desprecio del mundo. Pero también alcanzan a abrazar la admiración y el cariño que su autenticidad terminan conquistando. «Brujas» también es un gran ejemplo de cuán sinceros, claros e inclusivos podemos ser mediante la riqueza de nuestra lengua.

Publicaciones relacionadas