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Movimiento Infradecadente

Nuestra columna es un bostezo a la hiperactividad informativa, un espacio de acercamiento al arte través de propuestas semanales que inviten al lector a conectar con la amplitud y reflexión creativa.

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REPLAY

Escritor: Santiago Alexandre @Santiago_alexandre26

Entonces le doy play, porque ya no me queda mucho más para dar.

Me entrego a mi guía, igual que princesa añeja de cabotaje, protagonista de un libro jamás vendido. Dejo que me lleve a destino por calles coloniales, mientras pienso en una lluvia de adoquines en la ciudad. ¿Ya te imaginaste una de esas en tu barrio? ¿Hay alguno que quieras ver caer en algún lugar en especial? O mejor… ¿Sobre alguien en particular? Imagino que puede ser algo digno y lindo de presenciar. De la misma manera que encontrar belleza entre tanto caos, en mi grieta, en tu barro.

Algo bello, como el lado opuesto al atardecer, entre esos violetas, azules y rosados, que no son ni día, ni noche y siempre tan surreal. Sabiendo que esos colores traen consigo los lobos de la pena, que vienen con hambre, rabia y un plan. A veces, cuando escarbo a fondo dentro de mí, me gustaría volverme parte de su manada.

También encuentro hermoso ese momento donde el alba y su manto de encanto comienzan a despertarnos, a mí, a vos y a mí parte racional: es ahí, cuando me doy cuenta que aún estoy enredada en las sábanas de feria de algún hombre desconocido y sin documentos. Es hora de irme, y poner un tick a mi lista de noches para el olvido.

Encontrar sublime, el momento de perderme, mientras miro partículas de polvo suspendidas en un haz de luz que entra por mi ventana, en la calidez del otoño. Y ahí me quedo, suspendida entre tiempo y espacio. En el encanto de ese girasol rebelde que se niega a ver el sol. En el llanto silencioso dentro de la sala del cine, agradecida de ya estar fuera de la realidad, mientras nado en una piscina dorada de magia.

Lo misteriosamente atractivo de ese niño que pude llegar a ser y que en el presente está guardado en un viejo cajón sin candado. Recurro a él… cuando estoy cansada del abismo y tus juicios.

¡Qué rápido llega uno a casa cuando busca lo exquisito de la vida en rincones olvidados!

Me bajo del taxi y arreglo mi falda a kilómetros por encima de mis rodillas. Le guiño un ojo deliñado al conductor, le doy replay a mi viejo walkman, ¡y que esas fieras sigan aullando!

Ilustración: Paula Vignoli @Raulastyle.art

“Ángel despiadado, salvador y verdugo, llevándote contigo parte de mis entrañas, de mi intimidad y mi vida, mientras los espectadores de mi sangre se obnubilan con tu belleza, a mí me dejas vacía y llena, sin saber para quién soy”

Nadia Sención.

Fotografía: Josefina Cúneo @josefina.cuneo

Recomendado de la semana

Bárbara Castro  @escola_de_literatura

Cine

A streetcar named Desire (Un tranvía llamado Deseo) estrenó en la Broadway en 1947 y la trama inmediata trae el conflicto de clases en un juego de poder entre Stanley y Blanche por el afecto de Stela.

El lirismo amargo de Tennessee Williams es basado en materia social y desfallecimiento de personajes manipuladores y no maniqueístas, siendo que la tesitura del texto resulta en un claro desafío para el trabajo teatral. 

Blanche du Bois es inolvidable, sea en el texto original o en la adaptación al cine por Elia Kazan, con Vivien Leigh y Marlon Brando. 

Cuando después del abandono, travestida en un carnaval romántico, la representación de su imagen se rompe, la salvajería que sufre es seguida del cisma de la protagonista, camada a camada, que venían siendo reveladas bajo la oscuridad que oculta su rostro y su ser: Blanche substituye el ex marido por un alumno adolescente, en control por el alcohol, los colores del pasado por la manipulación y la verdad por la insanidad.

La obra lanza luz a la mentira de la virilidad de Stanley, en una atemporal discusión sobre la fragilidad de la masculinidad, la mentira de la relación que, en acuerdo y subordinación vive Stela, y a la dedicación insólita y tan grande en creer en el deseo, espejo del colapso.

“No esperes al día en que pares de sufrir, porque cuando llegues sabrás que estás muerto.” 

Tennessee Williams.