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Rincón Cultural: Cataratas del Iguazú

por Damián Muñiz

Cinco de las maravillas naturales del mundo se ubican en el Hemisferio oriental, cuatro en Asia, y una en África, cada una de ellas exclusiva de un solo país; las otras dos se ubican en el Hemisferio occidental, ambas están en América del Sur y son compartidas por más de un país,​ lo que trae aparejado que 10 países sudamericanos cuenten con al menos una de las «siete maravillas naturales del mundo», quedando sólo exceptuados en ese subcontinente Chile, Uruguay y Paraguay. Brasil es el único país del mundo que cuenta en su territorio con dos de las «siete maravillas naturales del mundo»; y una de ellas son las Cataratas del Iguazú, la cual es compartida con Argentina. Si a la lista de las «siete maravillas naturales del mundo» le sumamos la de «Las nuevas siete maravillas del mundo moderno» entonces Brasil sumaría tres, seguido del Perú con dos, lo que los convierte en los únicos países en el mundo que poseen más de una en la lista combinada.

Argentina es poseedora del 80% de los saltos mientras que Brasil tiene tan solo el 20% restante.

En el año 1542, mientras realizaba una travesía desde el océano Atlántico hasta Asunción del Paraguay el adelantado español Álvar Núñez Cabeza de Vaca divisó las sorprendentes cataratas del río Iguazú y las bautizó como «saltos de Santa María». El primer europeo en divisar estas cataratas fue el náufrago de la expedición de Juan Díaz de Solís, Alejo García en 1524, cuando cruzó por esa región en busca de la sierra de la plata. El nombre de « Saltos de Santa María », con el tiempo fue reemplazado por su antigua denominación guaraní Iguazú (antigua ortografía de Iguazú ‘gran cantidad de agua’, y guazú ‘grande’).

Como todo lugar con orígenes precolombinos, no queda fuera de la creación de leyendas y mitos que se fueron contando de generación en generación para explicar ciclos o acontecimientos naturales.

La más interesante leyenda contada en esa región es la que cuenta de la existencia de una serpiente gigante, «Mbói», la cual vivía en el interior del río. Para aplacar su ferocidad, los aborígenes sacrificaban a una dama una vez por año, arrojándola a las aguas como ofrenda para la bestia. En una de esas ocasiones un valiente guaraní raptó a la doncella elegida, para salvarla del tradicional rito, escapando con ella en canoa por el río.

Al enterarse de la osadía, Mbói entró en cólera y encorvando su lomo partió el curso del río, creando así las cataratas y separando de este modo a ambos indígenas.

1 Comentario

Anónimo 12 de octubre de 2021 - 20:39

muy buena nota

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