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Rusia vs. Ucrania: un conflicto que no cesa desde 2014

por Pamela Aguirre

Las calles del centro de Kiev, capital de Ucrania, arden como ríos de lava. Por momentos, solo se ve fuego: autos y edificios incendiados, humo, cosas que estallan por el aire. La imagen se repite en otras ciudades del centro, el oeste y el este del país. Es febrero de 2014 y lo que empezó en noviembre de 2013 como una protesta pacífica contra la decisión imprevista (e influenciada por Rusia) del gobierno del presidente Víktor Yanukóvich y el primer ministro Mikola Azárov de suspender el Acuerdo de Asociación entre Ucrania y la Unión Europea se transformó en esto: una masa incandescente de miles de personas que piden la caída del gobierno, gritan «libertad» y dicen que están ahí para demostrar que Ucrania es un país europeo, que Ucrania es un país independiente: que Ucrania no es Rusia. 

El resultado: el veintiuno de febrero, las fuerzas políticas acordaron adelantar las elecciones y formar un gobierno de transición. Un día después, el presidente prorruso Víktor Yanukóvich abandonó Kiev y desapareció. Ese mismo día, el parlamento ucraniano lo destituyó del cargo. El veintiocho del mismo mes, Yanukóvich reapareció en Rostov del Don, una ciudad del sur de Rusia, en donde dio una conferencia de prensa y contó cómo había huído. Mientras tanto, en Ucrania, el parlamento había nombrado presidente interino a Oleksandr Valentínovich Turchínov, del partido proeuropeísta Batkivshchyna y anunciaba elecciones para mayo de ese año. 

Pero lo que siguió no fue la paz. La revolución europeísta —Euromaidán— provocó una contrarrevolución prorrusa apoyada por ciudadanos rusos afincados en Ucrania y por la propia Rusia. Al calor de esa contrarrevolución, Vladimir Putin puso en marcha un plan para hacerse de Crimea: en marzo invadió la península y luego la anexó como parte del territorio ruso. Además, la revolución de 2013, impulsó protestas separatistas en la región del Donbás, en el este del país, un conflicto apoyado por Rusia que en abril logró proclamar las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk —que no son reconocidas por el gobierno de Ucrania, quien denuncia que los referéndums que supuestamente las legitiman fueron procesos fraudulentos—: una guerra en la que ya murieron más de diez mil personas. Una guerra que hoy sigue viva y en la que solo en 2021 murieron sesenta y cinco soldados de las fuerzas ucranianas. 

Hace pocas semanas, los medios del mundo volvieron a poner el foco en la frontera entre Rusia y Ucrania: fotos satelitales mostraban material ruso inusual en la zona —cañones autopropulsados, carros de combate, vehículos de combate de infantería. Funcionarios de Defensa de Ucrania afirmaban que Rusia había aumentado el número de soldados en el área y que había cerca de 120 mil personas en la frontera. Rusia, en tanto, endurecía el tono de sus exigencias a Occidente y afirmaba que Estados Unidos había llevado mercenarios al este de Ucrania y desplegado unos ocho mil militares en las fronteras. 

Hoy, Vladimir Putin, en su discurso de cierre de año, dijo, luego de que ayer un portavoz estadounidense exhortara a Rusia a iniciar una desescalada y a retirar sus tropas en la frontera: 

—¿Y ustedes me exigen a mí alguna garantía? Son ustedes quienes deben darnos garantías. Ustedes, inmediatamente, ahora. Y no empantanar las negociaciones durante décadas. Rusia no amenaza a nadie. ¿Acaso hemos puesto nosotros misiles cerca de la frontera de EEUU? ¡No! Es EEUU quien ha venido a nuestra casa con sus misiles. 

Algo similar ocurrió en abril de este año, cuando Putin también exigió garantías de seguridad a la OTAN y Ucrania denunció avances en la región. Después, el mandatario ruso se reunió con el presidente de Estados Unidos Joe Biden en Suiza y las aguas se calmaron. 

Pero el conflicto no es de hoy, ni de ayer, ni de mañana. El conflicto es el mismo desde 2014, y la guerra ya está ahí. Solapada. Una guerra que sale en las tapas de los diarios bajo el título de «escala la tensión» una o dos veces al año. Una guerra que en el mundo real hiere y mata personas de uno y otro bando despacio, como un goteo continuo. 

Tal vez por eso ante la pregunta «¿por qué vuelve a escalar el conflicto entre Ucrania y Rusia?» Alina Mosendz, periodista ucraniana, se sienta confundida y diga: 

—No ha habido una escalada de tensión. La agresión rusa siempre ha estado ahí, intacta, desde 2014. Seguimos con los territorios ocupados, el conflicto nunca ha terminado. No hay grandes batallas pero cada día o cada semana hay muertos, tiroteos, explosiones. Es una guerra no declarada que no terminará hasta que no desocupen nuestra tierra. 

Y algo parecido, aunque con otro sesgo, dice George Filatov, Doctor en Historia Contemporánea e Investigador del Instituto de la Historia Universal de la Academia de Ciencias de Rusia: 

—El conflicto entre Ucrania y Rusia nunca se acabó. Lo que ocurre ahora es que Rusia ha aumentado su presencia en la frontera para exigir que Ucrania cumpla con los acuerdos de Minsk (los acuerdos firmados en septiembre de 2014 para poner fin a la guerra en el este de Ucrania) y para demostrar a Occidente que no va ceder en su intención de hacer cumplir esos acuerdos. 

Según un sondeo del Instituto Sociológico Internacional de Kiev, más del 50% de los ucranianos defenderían a Ucrania frente a una invasión abierta de Rusia: un tercio dijo estar dispuesto a proteger a Ucrania con armas, como parte de un ejército, y el 20% dijo estar listo para proteger a Kiev con acciones civiles.

En Rusia, en tanto, una encuesta realizada por el Instituto de Investigación Sociológico Levada, reveló que el 75% de los rusos entrevistados cree que podría haber una guerra entre Rusia y Ucrania: para un 50%, la OTAN sería la responsable de esa guerra, para el 16%, la culpa sería de Ucrania, solo el 4% cree que Moscú tiene algo de responsabilidad en el asunto. 

Mosendz dice que es difícil prever si habrá una guerra abierta. Lo cierto, dice, es que la historia de Ucrania es también la historia de la disputa con Rusia:

—Nunca la hemos tenido fácil con Rusia. Hace cientos de años, los ucranianos lideraron movimientos para independizarse del Imperio Ruso, luego, en el siglo XX, para salir de la Unión Soviética. No es algo nuevo. Siempre ha habido conflictos por la intención de Rusia de anexarse Ucrania: los ucranianos no somos rusos y queremos tener nuestra independencia total. Nuestra independencia significa nuestra opción para elegir lo que queremos. Nuestra tarea es defender nuestro país. Y eso es lo que hacemos.

En el corto plazo —explica el politólogo Juan Negri— no hay una solución a la vista. A Putin le conviene esta guerra larvada: le sirve como muestra de fortaleza puertas adentro y puertas afuera. Así es capaz de plantarse ante lo que ve como intromisiones de la OTAN y al mismo tiempo logra demostrar la debilidad de Ucrania, porque económicamente Ucrania pierde mucho con estos conflictos.

Además, Negri afirma que las “escaladas” de tensión en esta guerra continua pueden explicarse por dos grandes motivos: Rusia tiene una suerte de “complejo”:  necesita que no la ignoren, por eso tiene esa política exterior agresiva, orgullosa y quiere llamar la atención todo el tiempo. Es su forma de obligar a Occidente a sentarse a negociar. Por otro lado, para Rusia, Ucrania es su patio trasero. Es más, para algunos sectores de Rusia con los que Putin coquetea, Ucrania no debería ni existir. Hace poco, en un artículo, el mismo Putin decía que el pueblo ucraniano y el pueblo ruso era solamente uno: una posición maximalista por la cual Ucrania y Rusia deberían estar juntas. Por eso, de ningún modo Rusia admite los acercamientos de Ucrania con Occidente y mucho menos la posibilidad de que se integre a la OTAN. 

Hoy Putin dijo: 

—El ingreso de Ucrania en la OTAN es inadmisible, significaría el emplazamiento de armamento ofensivo de Occidente en un país vecino. Las acciones de Rusia dependerán de las garantías que recibamos de Occidente: La pelota está en su campo, ellos nos deben responder.

La semana pasada, Rusia hizo una propuesta a la OTAN en la que exige una serie de medidas para prevenir que cualquier país de la antigua Unión Soviética entre en el tratado del Atlántico Norte e insta a los aliados occidentales a abandonar cualquier actividad militar en su patio trasero. Habrá que ver si la OTAN cede en algunos de los pedidos rusos. Aunque, más allá de eso, la guerra en el este de Ucrania seguirá como ha seguido desde 2014: hasta que haya un acuerdo real entre las partes, un entendimiento, una luz que alumbre esa negrura. 

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