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Se cumplen siete años del crimen de Lola Chomnalez

por Daniel Altez

El 28 de diciembre de 2014 la adolescente Lola Chomnalez fue asesinada en el balneario de Valizas, en Uruguay. Después de siete años, 40 sospechosos y un expediente con alrededor de 5000 fojas, la investigación no se alejó demasiado del punto de partida. Hay un solo detenido y muchos interrogantes que aún no encontraron respuesta.
A siete años del asesinato de Lola en las playas rochenses, entre Valizas y Aguas Dulces, la familia de la adolescente continúa luchando en busca de llegar a la verdad y con ella a la justicia.
Juan Willman, abogado de los Chomnalez afirmó hace algunos meses: “Tenemos una persona procesada, en principio, como copartícipe del homicidio. Se avanzó en indagarlo, en ubicarlo en el lugar y en que estuvo en contacto con Lola”.
Es de destacar que según los pasos procesales, cuando la fiscalía considera que se agotó la prueba respecto de un acusado, en este caso el detenido Ariel Moreira, apodado “El Cachila”, le pide al juez que se lo condene o no, y en el primer caso, la pena que le correspondería.
El letrado indicó oportunamente que “por otro lado, la investigación continúa ya que, para nuestro criterio y el de la familia, hubo más de un partícipe, lo cual lo tenemos claro por los rastros de sangre, con ADN masculino, que quedó en la escena y no es de Cachila”. A su vez recordó que el detenido “nunca dijo quién es esa persona”, por lo que prosiguen las diligencias a cargo de la justicia y del Ministerio del Interior para poder identificarla y localizarla.
El Tribunal de Apelaciones en los Penal del 4° Turno de Uruguay confirmó en diciembre pasado el procesamiento de “Cachila” dictado en primera instancia por la jueza subrogante de Rocha, Rossana Ortega, quien lo consideró “coautor” del delito de “homicidio agravado por alevosía”, el cual prevé en Uruguay penas de entre 15 y 30 años de cárcel.
En tanto, los peritos de la Policía Científica cotejaron el ADN del supuesto asesino hallado en una cédula y una toalla dentro de la mochila de la víctima con el perfil genético de cada uno de los nuevos ingresados al sistema carcelario por otras causas. Además, Willman explicó que dio negativo el cotejo con el ADN de la madre de “El Tereso”, un sospechoso que se suicidó en 2015 y que era investigado como posible autor material del crimen de Lola.
La joven Lola Chomnalez viajó el sábado 27 de diciembre de 2014 y se alojó en la casa de su madrina, Claudia Fernández, quien se encontraba junto a su esposo, Hernán Tuzinkevcih, y el hijo de éste. Al día siguiente, la adolescente desapareció cuando salió a caminar por la playa y dos días después fue encontrada asesinada a unos cuatro kilómetros de la casa, en una zona de médanos, entre Valizas y Aguas Dulces.
La autopsia determinó que Lola murió por asfixia por sofocación y que presentaba varios cortes hechos con un arma blanca en distintas partes del cuerpo.
Según el fallo de la jueza Ortega, la adolescente trató de escapar corriendo de sus asesinos, fue alcanzada, herida con un arma blanca y golpeada en la cabeza para finalmente morir asfixiada cuando, ante sus probables pedidos de auxilio, le apretaron la cara contra la arena.
“El Cachila” fue detenido al comienzo de la investigación, pero luego liberado ya que dio negativo el cotejo de su ADN con el material genético hallado en la mochila de la víctima, pero en su declaración ante la justicia, el ahora procesado admitió que se cruzó con la víctima en la playa el 28 de diciembre del 2014 y le ofreció “una estampita”, pero que luego ella se sintió “mareada” y que al auxiliarla descubrió que “no tenía pulso”, se asustó y se fue.
Para el fiscal Jorge Vaz, “El Cachila” estuvo presente “antes, durante y después” del homicidio, cuyo móvil fue probablemente “sexual”. Y entre las pruebas valoradas para su procesamiento estuvieron los resultados de peritajes psicológicos, psiquiátricos y semiológicos que revelaron que el acusado tiene una personalidad con tendencia “a la mitomanía”, a “irritarse fácilmente y perder el control de sus impulsos”, y un patrón de “desprecio y violación de los derechos de los demás”.

Un quiebre sin retorno…
Al principio, los padres de Lola tuvieron diversos inconvenientes para poder acceder al expediente. Recién lo lograron en noviembre de 2017. «Fueron muchas vueltas; hasta parece tragicómico. Primero, no había fotocopiadora en el juzgado. Quisimos donar una, pero me dijeron que no se podía ‘donar’ a un juzgado. Después había muchas trabas porque no querían que el expediente saliera del juzgado; eso es más entendible. Finalmente, uno de nuestros abogados logró, a través de alguien de la Fiscalía, que nos dejaran escanearlo», explica Adriana Belmonte.
Al comenzar a leer la causa se encontraron con varias sorpresas. «Horrores de ortografía, falta de claridad en la redacción. Pero, sobre todo, nos enteramos de cosas que no sabíamos. Por ejemplo, que el primer día que Lola llegó a Valizas, el 27 de diciembre, a poco de estar en el lugar, la madrina ya la había dejado que se fuera a caminar sola. Lola tenía 15 años, yo no quiero acusar a la madrina ni a su pareja, pero nos llamó la atención que permitieran eso. Era una responsabilidad muy grande», se lamenta la madre de la adolescente.

La madrina y un largo silencio…
La madrina, su pareja y el hijo de él (que tenía 14 años) estuvieron en el foco de la investigación en un principio, cuando todo era confusión y dolor. Gustavo Bordes, abogado que representa a ambos, repasó la secuencia de hechos que dio lugar a esas sospechas. La noche anterior al crimen, Lola había salido a caminar con la pareja de su madrina.
«Cuando le preguntaron a la pareja de la madrina a qué hora habían regresado, dijo un horario que se contradecía con lo que declaró luego su hijo de 14 años. La policía entendió que eso era una contradicción grave. Esto, sumado a un primer peritaje que determinaba que Lola había muerto entre la madrugada y el mediodía del domingo, hizo que se apuntara la acusación hacia ellos», detalla Bordes.
«Visto así parecía que el relato que habían hecho sobre la secuencia de la desaparición de Lola era mentira», añade. Pero un segundo peritaje encontró en el estómago de Lola la comida que, tal como había declarado la pareja, habían almorzado ese domingo, antes de la caminata final de la adolescente.
Para la Justicia ya no son sospechosos. «Pero es muy difícil quitar esa sombra de duda que se echó sobre ellos en los medios y en la sociedad», dice Bordes.
«El dolor para ellos también es muy grande. Además de lo desgraciado del crimen y de que, por supuesto, se entiende lo duro que es para los padres de Lola, ellos también han vivido con angustia todos estos años», afirma el abogado.
Consultado sobre los motivos por los cuales no hablaron con la prensa ni con los Chomnalez, Bordes indica: «Es muy complicado. Nadie pone en tela de juicio el sufrimiento de los padres. Eso está por encima de todo. Pero Lola era la ahijada de Claudia y aunque la Justicia luego admitiera su equivocación… deshacer eso es difícil».
«Yo les sugerí que hablaran, que contaran su historia. Cientos de veces los medios me piden que los contacte. Pero ellos no quieren y es entendible», concluye Bordes.
La última vez que se vieron ambas familias fue en el juzgado en Rocha, el día que fue hallado el cuerpo de Lola.
«Nunca volvimos a hablar. Tampoco yo hice el esfuerzo, pero me parece que les corresponde a ellos. Se negaron a hablar, no dieron la cara, no nos acompañaron. Yo entiendo que para ellos tampoco debe ser fácil, pero pensé que una amistad de 25 años significaba otra cosa», reflexiona Belmonte. Y añade: «Esperaba otro gesto. Un mínimo de humanidad».

La vida después…
A Belmonte le gusta que recuerden a su hija. Y nunca se priva de hablar de ella. «Lola no es dolor. Dolor y tragedia es lo que le hicieron a ella, y lo que siguen haciendo con tantas chicas», expresa.
Intenta llevar una vida tranquila junto a su marido (que pasó por varias complicaciones de salud) y Michelle, la gatita que era la mascota de su hija.
«Me levanto muy temprano y lo primero que hago es meditar o hablar con Lola o con Dios. También practico yoga. Todos los días salgo a andar en bici. A veces almuerzo con mi mamá y cuido su pequeño rosedal», cuenta a El País.
También tiene el deseo de volver a un monasterio trapense al que fue con su marido hace un tiempo. «Fue hermoso sentir esa paz. No hace falta ser religioso para ir. Solo estar ahí, participar de los cantos, de los rezos. Es muy sanador», explica.
Los padres de Lola tienen a cargo un servicio de catering y con la pandemia el trabajo bajó mucho. «Eso nos permitió salir del trajín diario y nos dio tiempo para leer con calma el expediente», afirma Belmonte. Si bien ahora están retomando la actividad, la realizan a otro ritmo. «Solo hacemos algunos servicios para clientes de larga data y para poca gente», cuenta.
En todo lo que hace, mantiene vivo el amor por su hija. «Me gustaría que la recuerden como una bomba de luz. Que miren la luna y piensen que ella está ahí», dice. «Estoy segura de que esa luz va a permitir que todo este caso se aclare. Es cuestión de paciencia. Y si Diego y yo no llegáramos a ver el caso concluido, les pido a mis amigos, a mi familia, a los abogados y a todos que lo sigan hasta el final… Les ruego que nunca abandonen a Lola», implora.

Una habitación que se abrió después de seis años…
“Al final, la cuarentena no fue tan mala”, manifestó Adriana a TN. La referencia tiene que ver con que fue en esos primeros meses de aislamiento obligatorio por la pandemia de coronavirus cuando, con el papá de Lola, tomaron valor para abrir por primera vez desde aquel diciembre de 2014, la puerta del dormitorio de Lola.
“Estuvo más de seis años cerrado ese lugar”, reafirmó Adriana, como si al ponerlo en palabras fuera más consciente del paso del tiempo y de su peso.
Desempacar las cosas de su hija, limpiar, abrir las ventanas, volver a plantar las margaritas que a Lola tanto le gustaban. En definitiva, cambiar la energía de ese lugar. “Es una manera de darle vida”, reflexionó emocionada, tras lo cual sostuvo: “Hoy entro y no me hace mal”.

El tiempo pasa y como suele suceder en este tipo de casos se aleja la posibilidad de llegar a la verdad. Han pasado siete años y parece que fue ayer, el solo sentir hablar del mismo estremece a aquellas personas de bien que se encuentran en las dos orillas del Rio de la Plata.


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