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Un “Castillo” de insospechados laberintos

por Karina Caputi

Del niño cuidacoches al artista plástico y compositor.

Federico Castillo ha logrado posicionarse en el mundo artístico de Treinta y Tres a través de las diversas facetas que se han despertado en su autodidacta formación, algunas desde muy temprana edad, otras como consecuencia de aquellas.

A sus 38 años, ha solidificado su rumbo creativo, que consiste, precisamente en dejarse impresionar por la vida misma y seguir los caminos que ésta le trace.

Nacido en Treinta y Tres, en el seno de una familia monoparental, Federico es el menor de 5 hermanos y tal vez por eso, el más privilegiado en las posibilidades de definir ejemplos a adoptar.

A los cuatro años, su madre se traslada con los cuatro hijos menores a la ciudad de Chuy, donde transcurrió el resto de su niñez hasta los 11 años. “Entre la pobreza que vivíamos, hay recuerdos, de regalos que mi madre nos dio, que mantengo muy presente; como fueron dos ediciones de Horacio Quiroga ‘Cuentos de la Selva’; fue impresionante, pasábamos entre atlas y los cuentos de Quiroga”.

La infancia en frontera lo llevó a vivir experiencias únicas que aún conserva con nitidez: especialmente por lo duro de haber tenido que abrirse paso, en un territorio donde la ley se aplicaba parcialmente, y encontrarse con un cadáver en la calle, producto de refriegas entre bandas étnicas, no generaba más alarma que las intervenciones policiales desarmando los ilegales puestos ambulantes de vendedores paraguayos. “Era tierra de nadie” recuerda Federico.

Entre Brasil y Uruguay, “la Internacional” de Chuy resultó ser puente de amigos, hábitos y costumbres, adoptadas de un lado y otro de esa calle, donde debió exigir al máximo su instinto de supervivencia. “La idiosincrasia en Chuy se volcaba mucho a las usanzas de Brasil, hasta el idioma. La vida, cruzando la calle, era más barata; los canales que se veían no eran los uruguayos; predominaba la Red O Globo. Yo no veía Cacho Bochinche, sino Xuxa y así aprendí portugués. En resumen, Brasil contaminaba, de algún modo y esa zona de Uruguay, prácticamente asumía las costumbres de ese país”.

Pese a los dos trabajos con los cuales contaba, y que la llevaba a ausentarse gran parte del día, esa madre de 5 hijos lograba costear lo básico para alimentar a la numerosa familia. “Los ingresos daban para la comida justa”. En tal sentido, no había margen para derrochar el dinero, tan difícil de conseguir, en distracciones. Las maquinitas electrónicas, de gran furor a principios de los 90, también tentaban al niño inquieto; y con tan sólo una ficha de escasos 2 minutos de juego, no era posible saciar la excitación de sumergirse en los colores brillantes y estimulantes sonidos de aquella pantalla.

Fue así,  que surge  la iniciativa de buscar sus propios ingresos y apelando a un don particular, comienza a dibujar camisetas que posteriormente comercializaba con buena demanda, tratándose de un emprendimiento con bases, por lo menos precarias.

Alternando su vida escolar con actividades deportivas, Federico fue incluido en varios planteles de fútbol de Chuy donde se destacó, con ciertas habilidades. “Jugué en varios clubes, entre ellos Nacional, con el cual, las mayores expectativas era ganarle a Peñarol. Incluso le prometía victorias de mi madre, que no siempre llegaron”.

Quizás, éste haya sido un plus adicional, que le concedió el estado físico ideal para escapar de los prometidos puñetazos con que lo amenazaban conocidos bravucones de la zona, cuando, en la búsqueda de hacer algo más de dinero, oficiaba de cuidacoches en territorios que ya tenían sus propios “vigilantes”. Quizás, eludir, siendo tan pequeño, a esos experimentados matones, le incorporó la sana picardía que conserva y distribuye en dosis específicas frente a cada una de sus creaciones, ya sea desde la pintura, la música o producciones audiovisuales.

Con ese bagaje, que forjó a cincel los primeros signos de su naturaleza, Federico retornó, junto a su madre y el resto de la familia, a radicarse en su ciudad natal, Treinta y Tres, donde continuó con buenas calificaciones sus estudios, disfrutó una adolescencia y juventud promedio, pero siempre, en cada paso, permitiéndose la aventura de adentrarse en ciertos núcleos sociales a explorar.

“Treinta y Tres era distinto, a modo de ejemplo, en la escuela de Chuy ‘A Don José’, no se cantaba; yo descubrí el Himno Popular de Rubén Lena en la escuela 31 de Treinta y Tres. Esa escuela era de avanzada para la época; incluso ofreciendo, en aquellos años, (1995) clases de informática con una sala de 10 computadoras a disposición de los alumnos”, señala Federico.

Rodeado de sus pares, se hizo espacio también, entre veteranos de guerras vividas, poetas, compositores, músicos e intérpretes de géneros diversos. La Taberna, un rincón cultural con vidriera de boliche, a cargo de Damasceno Eguren, generó, en su momento, un interés particular en Federico, quien pasó a transformarse en un parroquiano más, de esas noches en recitados y canciones desveladas.

Desde el rock a la música en portugués y el folclore, el joven matizó su pasión por las artes plásticas, con la composición musical, logrando, primero como artista emergente, y hoy ya consolidado, un estilo tan particular que lo identifica con claridad meridiana, en cada creación.

“Hubo artistas que me inspiraron. A modo de ejemplo, cuando conformé una banda de Rock, con Néstor El Tío San Juan, entre otros, teníamos una fuerte influencia de Rata Blanca. Pero también existieron otros, Chico Buarque, Joaquín Sabina, Aute. Con este último, a la larga llegué a identificarme más, cuando descubrí que hacía cine, pintaba, aparte de componer” confiesa.

En sus sus obras de arte, cuyo estilo se podría identificar con el impresionismo o el cubismo, los gatos aparecen a modo de leitmotiv. “Los gatos son orejanos, atrevidos. No es que me guste tener gatos en mi casa, pero son unos personajes particulares. Su picardía siempre me llamó la atención, siento que me identifica. La curiosidad o meterse en lugares que no les corresponde, me despierta un interés especial” dice el artista.

Si bien ha expuesto en Galerías con la consabida venta, “Me cuesta desprenderme, porque cada creación es única y surgió en determinado momento de inspiración, y los extraño” reconoce. De todos modos, hay un cuadro que refleja el éxodo de hondureños hacia Estados Unidos con intenciones de ingresar a ese país, debido a la terrible situación que atravesaba su nación, del cual no está dispuesto a desprenderse bajo ningún precio.

Incursionando últimamente en el folclore, Federico le ha puesto su impronta a ese género musical. “Siento que el folclore tiene que pisar otro escalón, hacia arriba. La nostalgia siempre ha sido prioritaria en el folclore uruguayo y realmente creo que estamos viviendo un tiempo en que todo ha cambiado mucho; y no es por la industria que lo digo, sino por la forma de pensar de la gente. Hay canciones como “Ta llorando”, por ejemplo, a mí me lleva a un Treinta y Tres, lindo sí, pero triste. Los uruguayos tienden a identificarse con la parte más triste de las cosas. No sé si es porque todo lleva mucho sacrificio, pero tengo el convencimiento que se puede hacer otro tipo folclore. Faltan buscadores que trabajen el cancionero popular de otra manera, más presente; no obligatoriamente recurriendo a recursos literarios del pasado, sino con un nuevo lenguaje de decir las cosas. Lo prioritario es encontrarse, representar lo que soy. Siempre me ha gustado la vanguardia, quienes rompen los esquemas. En la pintura Picasso, por ejemplo; en la música Bob Dylan. Genios que revolucionaron en su época. A nivel literario, en Treinta y Tres, Ruben Acevedo. Lo que dice en sus libros, las letras de sus poesías, algunas musicalizadas, con otra visión de un folclore olimareño, nuevo, distinto, es realmente genial”.

En cuanto a sus proyecciones a futuro, Federico Castillo espera que la vida lo sorprenda “hay que dejar que la vida te adentre en caminos que no conoces, ahí es donde está la verdadera inspiración para crear, hay que dejarse sorprender”, concluye.

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